Categoría: artículos
7 Diciembre 2008
Recuerdo estar en mi casa, junto a mi papá, mi mamá y mi hermanito, frente al televisor viendo las Justas Interuniversitarias de la LAI. Era una tradición. Mi hermano y yo estábamos ansiosos de llegar a la universidad para competir. Veíamos un público exaltado que apoyaba a sus respectivos equipos cantando a coro y utilizando panderos, unos atletas con una adrenalina a millón vestidos de arriba a abajo de los colores de su institución. Era un acontecimiento.
Pero no sabíamos que la LAI contaba con un Festival Deportivo al finalizar su primer semestre. Me enteré al llegar a la universidad. Pensé que sería interesante: un preámbulo de lo que se daría en las Justas. Ese año fueron en la Universidad del Turabo. Salí frustrada, pareció una competencia más. No había emoción, no había nervios, no había público. Quizás era que sólo los atletas sabían que existía ese torneo o los eventos que presencié no eran tan interesantes o talvez era que en esa universidad no hay tantos estudiantes para que merodearan por el lugar.
Cuando me enteré que este año serían en la Upi, me emocioné muchísimo. Al fin irían estudiantes a ver las competencias. Pensé que el entusiasmo se respiraría en el ambiente. Sin embargo, esta ha sido una semana común y corriente. La gente está vestida de cualquier color, la primera camiseta que salió del closet por la mañana cuando lo abrieron y estaban todavía medios dormidos. En las horas libres, los estudiantes están metidos en la biblioteca estudiando o haciendo trabajos, hablando en los pasillos y sentados en banquitos bajo los árboles. Por lo visto nadie se enteró, o a nadie le importa, que hay un evento deportivo en la UPR, el segundo más grande del año académico, en el que participan los atletas de todas las universidades miembros de la LAI.
No los culpo. Quien sea que esté a cargo de promocionar el campeonato, fracasó. Las únicas pancartas que anuncian el Festival pasan desapercibidas ya que sus letras son tamaño miniatura. Con 20 mil estudiantes en el Recinto, esto era para que por lo menos 5 mil se dieran aunque sea la vueltita por el complejo deportivo. Y es que, ni las modelitos, que no saben cómo se juega el baloncesto o el voleibol pero que son fieles a las canchas porque ahí buscan novios, estaban presentes.
Es una pena que no se fomente el deporte en el primer centro docente del país. Es increíble cómo en las universidades estadounidenses el deporte es un espectáculo: los eventos son televisados, en las gradas no cabe un alma más y todos visten los colores de su universidad. En la UPR, los espectadores se cuentan con los dedos de la mano y a los atletas ni se les dan beneficios. ¿Qué pasó con el “cuerpo sano, mente sana” o con “el deporte es mi antidroga”?
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26 Octubre 2008
“Al depender de la lógica del mercado, y éste de las leyes del espectáculo, necesitan de la continua existencia de conflictos”
Claudia Rausell Koster
Democracia, información y mercadeo
Está claro. El conflicto tiene la capacidad de atraer la atención de un televidente.
Claudia Rausell, profesora de comunicaciones en la Universidad de Alicante en España, expone en su libro Democracia, información y mercadeo que el medio accede a que los políticos se conviertan en fuentes siempre y cuando planteen conflictos y, conscientes de esto, los líderes políticos dejan de exponer sus proyectos para discutir entre ellos y establecer disputas. Es así que la información se convierte en espectáculo, pues se producen disyuntivas para gestionar visibilidad.
Los debates políticos suponen diferencias de ideas, críticas de acciones pasadas, ataques personales y, por ende, pleito. Este tipo de espectáculo resulta tan atractivo para los medios de comunicación que se han encargado de crearlo y auspiciarlo en repetidas ocasiones durante este mes, tanto en la nación americana como en Puerto Rico.
Sin embargo, el conflicto, vital para el entretenimiento del receptor de información política, no fue significativo durante la discusión del tema de economía del primer debate de los candidatos a la presidencia estadounidense realizado a finales del mes pasado. Los candidatos no hicieron propuestas radicales ni tenían visiones considerablemente diferentes.
A falta de conflicto, el periodista Jim Lehrer, moderador de la contienda, tuvo que pedirle públicamente al delegado del Partido Demócrata, Barack Obama, que le hablara directamente a su opositor por el Partido Republicano, John McCain. Cuando Obama repitió su comentario en un tono jocoso y utilizando “tú” para dirigirse a su contrincante, el público, que prometió mantenerse en silencio, soltó una carcajada. Inmediatamente, McCain le preguntó al periodista: “¿Tienes duda de que lo esté escuchando?”; a lo que el intermediario contestó que sólo estaba determinado a hacer que se hablaran uno al otro. Éste momento fue una prueba de que las ansias por crear un espectáculo se veían frustradas.
Otra ocasión similar ocurrió al McCain comentar que él no necesitaba responder de atrás para adelante, luego de que Obama le lanzara una crítica. Nuevamente, Lehrer expresó desilusión con el desacierto de un espectáculo y dijo públicamente: “no es divertido”.
Los tiros de cámara cuyo objetivo era presentar a ambos oradores a la vez en la pantalla del televisor no funcionaban. Se evidenciaba que el contendiente del Partido Republicano no miraba a su opositor del Partido Demócrata, aunque el segundo intentaba, entre ratos, dirigirse a su rival.
El fondo azul oscuro y los colores sobrios que dominaban el escenario de esta competencia política no ayudaban a configurar el ambiente de espectáculo al que apunta un debate de este tipo. Por el contrario, en el primer choque local del mismo tipo, reinó un colorido un tanto incómodo para la concentración del espectador.
Al comienzo de la competencia entre los que lucharán el próximo mes por el mandato de Puerto Rico, una pantalla, colocada detrás de los contrincantes, reflejaba en los colores de la bandera y con un fondo colorido el título del debate: “Decisión 2008”. Cuando empezó la ronda de preguntas, se proyectaban paisajes de Puerto Rico que cambiaban cada vez que los periodistas formulaban una nueva interrogante. Además, los candidatos vestían corbatas brillantes con los colores de sus respectivos partidos.
Por otra parte, la ofensiva de los participantes en este encentro fue una predecible y repetitiva, pues la “tiraera” fue la misma que reinó durante todo el año en los anuncios publicitarios y en las campañas electorales. El conflicto no fue interesante. ¿Las propuestas?, fueron los mismos discursos de cambio y cero corrupción, de un equipo del mismo bando, de energía renovable y de eliminar el partidismo político. Hasta el candidato por el partido Puertorriqueños por Puerto Rico, Rogelio Figueroa, se aburrió, dejó de prestar atención y tuvo que comenzar su tercer turno dirigiéndose al panel de periodistas diciendo: “¿cuál es la pregunta?”.
Asimismo, los candidatos seguían un libreto, sin contestar preguntas o sin defenderse de críticas, y se mostraban demasiado serios o exageradamente sonrientes.
Para fortalecer este tipo de espectáculo, para que no deje de existir y para no ponerlo en peligro de extinción, en la Isla se recurrió a realizar uno en el que el moderador fue un artista. Quién sabe si ésta se convierte en una nueva modalidad para los medios ganar audiencia.
Pero entonces, ¿quién ganó el primer debate por el puesto más alto del gobierno en Estados Unidos? ¿Y en Puerto Rico?
El publicista político Roberto Alfa manifiesta en su Diario de campaña que la gente no es capaz de decidir quién ha vencido un debate porque los candidatos van con la lección tan aprendida que es prácticamente imposible desequilibrar alguna campaña. Pero en este caso parece ser que la explicación es diferente: nadie se robó el “show”, porque simplemente no existió.
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21 Septiembre 2008

Imponían su punto de vista respecto a los temas abordados, en ocasiones respondían intransigentemente a las propuestas sugeridas, gritaban al utilizar los micrófonos y utilizaban un tono de voz arrogante.
Mientras observaba la Asamblea General de Estudiantes realizada el pasado jueves, 18 de septiembre en la Plaza Antonia Martínez del Recinto de Río Piedras de la UPR, la imagen que venía a mi mente era la de la legislatura puertorriqueña. Los representantes estudiantiles que dirigían la reunión desde la mesa presidencial, el comité de escrutinio y otros que vigilaban por la seguridad de los micrófonos se expresaban verbalmente de manera violenta hacia las personas que los eligieron para ocupar sus puestos en los Consejos de cada Facultad.
Sin embargo, los asistentes no permitieron que se siguiera este régimen por mucho tiempo. Cuando una de las representantes estudiantiles alzó su voz imponentemente abogando en contra de una propuesta, decenas de universitarios se pusieron de pie y reclamaron que bajara la voz. En un instante, se escuchó por las bocinas “solicito una moción para que la compañera baje de la mesa”. Y claro, la moción fue secundada y los votos a favor subieron al aire. Obviamente, no se hizo caso al voto, al igual que se hace en el gobierno de la Isla con las decisiones del pueblo- y me refiero al voto de la unicameralidad.
Fueron varios los aspectos que pude vincular entre los dos cuerpos. La discusión en torno a los asuntos, en la que reinó una misma especie de “línea editorial”, era destinada para manipular al público y hacerlos pensar igualmente. Las críticas fueron proclamadas con fuerza pero con argumentos flojos, en ocasiones que se prestaban para llevar a cabo un razonamiento contundente. Asimismo, la desorganización y la falta de preparación caracterizaron a los dirigentes. Sólo tenían escritas las propuestas para uno de los problemas, la imposición del nuevo Reglamento General de Estudiantes. Las otras proposiciones fueron pensadas al momento por los integrantes de la mesa regidora, lo que provocó dificultades al momento de pronunciarlas al público, la necesidad de repetir las mismas al menos tres veces y la confusión de la masa electoral. Esto también demostró la falta de elocuencia de los líderes allí presentes.
¿Será que los legisladores son sus modelos a seguir? ¿Será que la exposición constante a estas conductas inapropiadas de parte de los mandatarios de la Isla hace que actúen igualmente de manera inconsciente? Es preocupante que los próximos líderes del País, los que se encuentran en proceso de desarrollo actualmente, estén siguiendo un ejemplo incorrecto.
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23 Marzo 2008

Abundan el cemento viejo y los edificios de más de dos plantas. Los únicos árboles a la vista son los que se encuentran dentro del Recinto Universitario y de sus residencias. Decenas de cruzacalles anunciando actividades para la juventud, cervezas y especiales de comida cuelgan de cualquier lugar disponible. Es Río Piedras, una “ciudad” dentro de San Juan.
Al caminar por ella se presencia una mezcla del pasado, el presente y el futuro. La fachada antigua y la pintura desvanecida de sus edificaciones representan el primer tiempo pero las recientes construcciones, que son pocas, dan un aire innovador a la añejada metrópoli. El colorido de los graffitis cubre muchas de las paredes exteriores, dándole una chispa y una frescura liberal al aire conservador que transmite la ancianidad de las viviendas. Asimismo, la población juvenil contrasta con las estructuras primitivas en las que habitan y con algunos vecinos de edad avanzada. Más aún, los artefactos electrónicos que los futuros profesionales llevan en sus oídos mientras caminan hacia la Universidad y su vestimenta a la moda hacen que nos demos cuenta que estamos en la era contemporánea.
Ellos, que van a pié para sus salones desde o hacia sus hospedajes o apartamentos, hacen de Río Piedras una ciudad peatonal. Durante el periodo de comienzo de clases, en agosto o en enero, los callejones del pueblo, donde comienza una librería cuando termina la otra, son concurridos por los universitarios en busca de los libros asignados que nunca aparecen.
El tráfico de personas en la estación del Tren Urbano, frente a la Universidad, es cuantioso a tempranas horas de la mañana. Los estudiantes salen abrigados y se dirigen a su destino a un paso apresurado. En las paradas de guagua pública se sientan personas principalmente adultas a esperar por su transporte. Parecen estar aburridas y repasando mil cosas en su mente.
Aunque existan estas alternativas de transportación colectiva y transeúnte, los vehículos en la región no dan abasto. El flujo peatonal por las aceras es casi imposible por cuenta de los carros que descansan sobre ellas. Estos estacionamientos provisionales se forman porque encontrar un lugar legal en el área es una tarea pesada después de las seis de la tarde. Las calles, estrechas de por sí, se vuelven más angostas y el tránsito automovilístico se torna peor. Se hace más arduo el paso con los boquetes en las carreteras. El conductor percibe un agujero en la brea e intenta proteger su auto dándole un pequeño giro al guía, que lo lleva a tomar otra grieta al lado contrario, que pasaba desapercibida. Durante el transcurso de construcciones para arreglar estas averías, las rutas alternas a tomar son más largas que las originales y se complementan a los inevitables tapones formados en la Avenida Universidad en los horarios de clases.
La gran cantidad de vehículos en la zona simboliza una mina para las personas que se dedican al robo. Los hurtos son incontrolables y ocurren con una frecuencia asombrosa a pesar de las numerosas patrullas policíacas que dan rondas preventivas continuamente por los alrededores. Las denuncias de estos oficiales se concentran en impugnar los estacionamientos indebidos en vez de despuntar en la detección, detención o prevención de robos o delitos más graves.
Los oficiales de seguridad se ocupan también de vigilar los sucesos nocturnos en los sectores donde impera el “jangueo” en la ciudad universitaria. Las barras localizadas en la Avenida Universidad, el pueblo y en otras rutas principales son visitadas por un público diverso: estudiantes, adultos, deambulantes y personas mayores. La fiesta se extiende desde las seis de la tarde hasta aproximadamente las cuatro de la mañana del otro día. Los consumidores de los locales convierten la calle frente al negocio en un lugar para la bebedera y habladuría. A pesar de la demasía de anuncios respecto a violaciones y asaltos acontecidos en el sector a altas horas de la noche, viarias jóvenes y muchachos se siguen paseando por la región sin cuidado alguno.
Sobre las aceras alejadas del bullicio, donde reposan vidrios, vasos, latas y botellas, descansan los deambulantes. Por el día, con sus ropas un poco sucias y rasgadas, piden dinero a los choferes que paran sus carros ante la luz roja de los semáforos. Algunos caminan lenta y silenciosamente por las calles en las que, de noche, se acuestan a dormir. Otros vociferan monólogos porque creen que están participando en obras de teatro. En el pueblo, uno grita y el segundo canta a toda voz. A estos últimos, casi nadie les hace caso. Son parte del cotidiano y los residentes están acostumbrados a ellos.
Por otro lado, el Paseo de Diego y la Plaza del Mercado se encargan de hacer algo por la economía. Las puertorriqueñas y dominicanas, que componen una porción significativa la población de Río Piedras, acuden para comprar comida y ropa, entre otras chucherías. A veces, hacen encargos en el correo. Los adolescentes pasean en sus uniformes de escuela.
Es agradable presenciar las peculiaridades de ésta ciudad. Sus divergencias son las que hacen de ella una metrópoli especial para caminarla, observarla, pensarla y habitarla.
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20 Febrero 2008
Es impresionante como, dentro de la cultura puertorriqueña, se desplazan diferentes subgrupos. Pero más maravilloso es verlos representados dentro de una institución educativa, compartiendo una misma meta. A pesar de su disparidad, la población heterogénea del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico (UPR) tiene un mismo fin: el aprendizaje.
En su libro An Introduction to Intercultural Communication, Fred Jant establece que la diversidad entre culturas probablemente sea menor que las diferencias dentro de una misma. El origen, los familiares y el entorno de un estudiante influyen en la formación de su personalidad y en su elección de conjunto de amistades. Los “corillos” se pueden calificar por sus apariencias, vestimentas, comidas predilectas, jerga, filosofía, actitudes, pasatiempos y clase social. Sus miembros se identifican con ciertos valores, normas y reglas de comportamiento.

Una de las colectividades más curiosas es la gótica o rockera, caracterizada por la utilización de ropa negra. De sus pantalones cuelgan cadenas que llaman la atención por el tintineo que producen mientras caminan. Sus cabellos lucen una variedad de peinados: largos o cortos, en mohack o teñidos de colores peculiares. En su mayoría, utilizan prendas con diseños puntiagudos. Las jóvenes pertenecientes a este grupo visten mini faldas, medias largas en malla y camisetas que muestran mensajes rebeldes. El delineador negro es vital en sus maquillajes. En sus i-pods la música suena a todo volumen. Esta “comunidad” practica relaciones sociales diversas ya que algunos gustan de pasear solos y otros andan en grupos.
Les contrarrestan los rasta, distinguidos por sus cabellos largos acomodados en rollitos, mochilas gastadas en sus espaldas y zapatos estilo tenis. Visten camisetas con ilustraciones de Bob Marley o el Ché Guevara, aunque algunas féminas prefieren llevar trajes sencillos y de telas finas. Su transporte principal es la patineta.
En el Centro de Estudiantes, parece habitar otro gremio, los atletas. Todos los días se sientan en el mismo lugar. El área aparenta estar reservado, pues en él solo se acomodan voleybolistas, baloncelistas, nadadores y atletas de pista y campo. Unos se saludan con abrazos, otros respetuosamente. Todos se conocen, o al menos se han visto, porque estudian, comen, duermen, ven películas, socializan y usan sus computadoras en el “territorio marcado”. Los atuendos son deportivos: pantalones cortos y camisetas.
Con pelos intactos y gafas que cubren la mitad de sus caras, las modelitos hacen balance en zapatos de cuatro pulgadas de altura con sus carteras gigantes para no caerse en las aceras aboquetadas de la Universidad. Amanecen maquilladas y sus perfumes se detectan a unos cinco pies de distancia. A ellas se les unen los muchachos que siguen la moda metrosexual, aquellos que usan uniformes de balompié o camisetas pegadas y lucen cabellos bañados en gel o rabitos.
Por el contrario, el estilo intelectual es un poco desarreglado, quizás para llevar un mensaje de que seleccionan revistas educativas sobre las de moda. Talvez la realidad es que no tienen tiempo para emperifollarse. En sus mochilas cargan con laptops y un paquete de libros pesados. Las palabras que más suenan en sus discusiones son “clase”, “profesor”, “examen” y “estudiar”. Comentan las noticias mundiales, programas televisivos del Discovery Channel e inventos científicos y tecnológicos.
Dos círculos nuevos se forman mediante el contraste de las personas que crecieron en un ambiente rural con aquellos que llevan una vida urbana. El campo es más tranquilo que Río Piedras, hay menos carros en la calle, menos ajetreo, menos cemento. Los citadinos están acostumbrados al bullicio, al “pariceo” y a una vida más rápida. Los estudiantes que viven los días de semana en Santa Rita y los fines de semana en su pueblo de origen, caminan hacia sus clases desde los hospedajes o apartamentos sin quejarse. Mientras disfrutan de su caminata bajo el sol, se percibe la humildad y sencillez.
Otra base de origen que determina a una subcultura es el grupo étnico. Las personas de una misma descendencia comparten una cultura común y distintiva. La UPR participa de un amplio programa de intercambio estudiantil. Extranjeros de todas partes del mundo se instalan por un semestre en la residencia Torre Norte, de donde salen estadounidenses en tenis atléticos o chancletas para sus clases. El Departamento de Lenguas Extranjeras de la Facultad de Humanidades recibe franceses a menudo. Los españoles son muy comunes también. Entre ellos, no hay semejanzas. Si son de un mismo país, solo los une el idioma de su nacionalidad ya que cada uno representa una partícula de un subgrupo de su patria. No obstante, resaltan por la oposición de su cultura ante la puertorriqueña.
Las preferencias alimenticias ayudan a divisar “pequeñas sociedades”. En el Centro de Estudiantes nos topamos con los amantes de la comida rápida que se dividen entre las largas filas de Church, Burguer King, Pollo Tropical y Sbarro. Los Merenderos de Sociales albergan a personas que gustan de matar el hambre en chinchorros o guaguitas callejeras, ya que ofrecen sándwiches, papas azadas y hamburguesas. Éste semestre se inauguró un Merendero criollo para estudiantes y empleados atraídos por la comida hecha en casa. Éstos también frecuentan las fondas en los alrededores de la Universidad, en donde saborean arroz con habichuelas, chuleta, pollo, bistec y amarillos. Los vegetarianos compran macarrones y lasañas hechas con soya en las carretillas divididas entre los departamentos de Educación y Humanidades.
Un subgrupo puede contener varias divisiones. Por ejemplo, la comunidad de empleados de la Universidad contiene administradores, conserjes, profesores, ingenieros y guardias de seguridad. Asimismo, los universitarios pertenecientes a una misma facultad perciben co-culturas que convergen dentro de un mismo edificio. Entre los estudiantes de Ciencias Sociales se encuentran los estadistas, estado-libristas, independentistas, socialistas, comunistas, entre otros.
Jant aclara que no se debe asumir que un individuo es igual a los demás practicantes de su cultura. Pero el colocar en grupos a las personas es un ejercicio que evidencia la presencia de un multiculturalismo en la Universidad. Estas colectividades no fomentan la segregación de la Institución. Se integran e interactúan unas con otras para crear un todo sin abandonar su sabor individual.
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