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La Coctelera

nAyDa pÉrEz rOmÁn

"...escribe claro quien piensa claro." Martín Vivaldi

Categoría: crónicas

20 Febrero 2008

Anclada al hielo

Las Navidades habían acabado oficialmente, era el noveno día después de la celebración de los Reyes Magos. En Arecibo, la mayoría de las casas amanecieron con sus prendas navideñas puestas como si quisieran seguir festejando. Así que yo también me adorné y me vestí de rojo. Me quedaba una actividad pendiente. Después de todo, todavía no empezaban las clases y para mi las vacaciones significan Navidad.

Esperé en mi hogar por Carlos, Melissa y Alejandra, con quienes compartiría mi aventura. Ellos vendrían de San Juan y me recogerían ya que mi casa queda en el camino de nuestro destino, Aguadilla. Carlos, un tipo perfeccionista y poco nervioso, era el chofer y Alejandra, la co-pilota. ¡Al fin llegaron! Entre el “tripeo” y la habladuría habían confundido las direcciones y tomado la ruta contraria. Pero una llamada lo resolvió todo. ¡Gracias a Dios por la tecnología!

Comenzó la travesía. El pobre Carlos era el “punto”. Lo culpaban de haber llegado tarde a recogernos, de guiar mal y de no seguir direcciones. Cuando nos cansamos de su protagonismo, ya íbamos por Hatillo. Melissa recordó su “jevo” de Hatillo, un amiguito que tenía en sus años de escuela superior, y nos contó su historia.

En ocasiones mi mente vagabundeaba entre las vistas costeras, la escenografía campestre, los comercios aislados y la escasez de carros. Era la ruta que tomaba desapercibidamente desde mis cinco años para viajar al Colegio. Ahora, miraba con detenimiento los detalles a mi alrededor. Es tan tranquilo, antónimo de Río Piedras. Es tan antiguo, diferente a Hato Rey. Agradable, placentero… Cuando desperté de mi hipnosis Melissa hablaba sobre su celular nuevo y Carlos no quitaba la vista de la calle.

Me convertí en guía turística algunas veces y cada cierto tiempo me preguntaban en cuál pueblo estábamos. Nos acercábamos al fin de la trayectoria. Entonces sentía una mezcla de emoción, nervios, miedo, ansias, de todo un poco. Comencé a imaginarme desplazándome en mi imaginario de una pista de hielo. Nunca había visitado una. Las veía en la televisión cuando de pequeña me divertía observando las competencias de patinaje profesional y seguía las noticias de la campeona olímpica Michelle Kwan. Recuerdo que compré un libro autobiográfico de ella y, mientras lo leía, me visualizaba realizando sus mismos trucos con facilidad. Si se pueden hacer vueltas, bailes y maromas sobre hielo, tan sólo patinar no debe ser tan difícil. Trataba de convencerme que sería como deslizarme en medias sobre el suelo mojado. Decidí exteriorizar mi cobardía. “¡No me dejen sola nunca que me caigo!” Alejandra lo había hecho sólo una vez, así que tendría compañía.

Cuando llegamos a Aguadilla, ninguno de los tres sabía donde era la Pista de Patinaje. Ellos habían ido, pero no como chóferes o prestando atención al camino. Solo recordaban que era frente al mar. Carlos no trajo el mapa; nuevamente pasó a ser centro de crítica. Entramos por una calle que al parecer nos llevaría a la costa, preguntamos a dos personas y arribamos por instinto a una carretera paralela al mar. Pero, ¿cuál era la dirección correcta? Votamos por tomar hacia la derecha, pero nada les parecía familiar. Preguntamos nuevamente. El reto fue realizar un viraje en “u” en un espacio en el que apenas cabían dos carros. Atravesamos el carril contrario y subimos violentamente a un estacionamiento donde pudimos encaminarnos sobre la ruta adecuada.

Era un edificio parecido a un coliseo. Hacía mucho frío. Los únicos clientes éramos nosotros. ¡Perfecto! La humillación no sería tanta. Llegamos un poco temprano, la próxima tanda empezaría en media hora. Melissa tenía hambre pero no podíamos salir a comer porque nadie sabría cómo regresar y llegaríamos tarde. Aprovechamos para caminar por el área. No era un paisaje al que estaban acostumbrados; dos de mis compañeros son sanjuaneros y una es gurabeña. El agua estaba inmóvil, el cielo impetuoso, el sol despierto, la brisa vacilante. Miraba el reloj deseosa por experimentar. No soy una persona que a menudo intenta cosas nuevas pero estoy conciente de que tengo u n gran espíritu aventurero. Hoy lo pondría a prueba.

Era la hora. Ya había cinco personas que serían testigo de mi fracaso. Me quité los zapatos y sentí el frío del piso que aún no era hielo. Sentada, tardé casi 10 minutos en amarrarme los patines que me quedaron un poco grande. Pasé el mismo trabajo para quitármelos y los cambié por unos más pequeños. Un empleado, muy guapo, se percató de que mis patines estaban rotos por debajo luego de que me los apretó. ¡Otra vez a cambiarlos! El tercer par funcionó. Ya Melissa llevaba dos vueltas a la pista.

¡Llegó el momento! Puse el primer pie. Era mucho más resbaloso de los que creía. Me agarré de la valla en cristal que sirve como pared y no me solté por más de un minuto en la hora entera. Comencé a mover los pies y simultáneamente las manos, todavía sujetadas al muro que me servía como bastón. Y así estuve la hora entera, como si estuviera coja, aguantándome de la pared. De momento me armaba de valentía y trataba de soltarme pero cuando intentaba proseguir me movía para atrás. ¿Por qué no podía patinar hacia delante? Daba un paso y era como si lo hiciera en retroceso. El mismo empleado trató de enseñarme cómo avanzar pero se frustró en el proceso. Carlos, Melissa y Alejandra me visitaban de vez en cuando para verificar que estuviera bien. Alejandra se cayó en dos ocasiones y provocó que lloráramos de la risa por minutos. Estuve a punto de caer también, pero llegué a mi muleta rápidamente. Miraba a los demás y se veían tan divertidos. ¿Cómo lo hacían tan fácil?

Aunque nunca aprendí la pasé de maravilla. Algún día volveré a intentarlo, aunque esté una hora caminando pero anclada.

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24 Noviembre 2006

El ángel que no dio consejo

No sabía dónde era el lugar y no había referencia alguna. Tras los edificios más abandonados del pueblo de Arecibo, que gritaban abandono, y en una calle en la que transitaba la desolación, lo encontré.
Era una casa color naranja. Sobre la puerta, unas letras: Toque de ángel. ¿Será un ángel el que guía a los deambulantes hasta aquel lugar? ¿Será la desesperación o la miseria? ¿Será el hambre? ¿Será una ayuda para seguir mendigando por las calles, la comida y el aseo diario?
Las escaleras de la entrada estaban decoradas con guirnaldas de navidad, de colores rojo y azul. Navidad, pero ausencia de espíritu navideño. Servirían para recordarle de su pasado, de experiencias vividas en ésta época. Época de paz, de familiares, de fiestas, de gozo. Pero para ellos, época vacía, de tristeza, de recapacitar, o simplemente, un mes más.
Una jóven me recibió amablemente y, al identificarme, me dirigió hacia la oficina del Director. Pensé que sería una voluntaria que trabajaba en el centro. En la marcha, pasé el comedor, una sala, la cocina y un cuarto en el que había ropa tirada en el piso. Conté catorce personas, entre ellos solo una mujer, mi guía.
El silencio predominaba la escena, solo se escuchaba el sonido del televisor. Nadie hablaba, nadie se miraba. Se respiraba la ausencia de cariño, de calor humano, de amor.
El director me explicó que quien me recibió es paciente de Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) y se encuentra en la etapa final del virus. Pero a pesar de las adversidades, su historia es alentadora. Iris conoció a quien es hoy su esposo en el barrio de en que vivía. Contó que coincidieron cuando llegó en enero a Toque de ángel, se hicieron novios y la administración del hogar organizó su boda en abril de este año en la Casa Alcaldía de Arecibo. Su esposo también tiene el virus y, al igual que ella, era adicto a la droga y al alcohol.
Las fotografías la mostraban vistiendo un traje blanco de novia. El director del centro fungió como padrino de bodas y solo dos de sus hermanas asistieron. Entonces pensé en mi hermano querido, mi mano derecha, compinche de aventuras. Han sido tantas las risas, los bochornos, los secretos, los relajos junto a él. Me mataría de la vergüenza que me viera en el estado de estas personas.
Llevo planificando mi boda desde pequeña. A cada fiesta que voy me fijo en cada detalle y pienso: Esto lo quiero cuando me case. Es el sueño de toda niña, todo padre, toda madre. Es una ocasión en la que los invitados son los que te vieron crecer, los que te acompañaron en cada momento, con los que hablas a diario y saben toda tu vida. Los padres lloran y los amigos brindan. ¿Realmente Iris sentía alegría con la ausencia de estos fulanos? Tal vez. Quizás fue el oasis de felicidad en el desierto de enfermedad en el que vive.
Me detuve a observar. Una pared estaba forrada de las fotografías de los internos en fiestas de Navidad, funerales, marchas, siembras de árboles, entre otras cosas. Seguramente sus vidas no son tan aburridas como parecen.
Era hora de la comida. Cuando hicieron la llamada, todos se levantaron rápidamente y se dirigían hacia la cocina. Otros llegaban a comer, sabían exactamente que era la hora de la comida. Rutina. La cocinera, repartía desde la oscura cocina los platos. Se sentaban en el comedor, la sala, el patio, donde hubiera un lugar. Aún nadie hablaba. Aquel chupaba el hueso del pollo. Aquella comía pero su esbelta figura era insaciable con alimentos, había algo más que la consumía por dentro, era como si tuviera un estómago sin fondo.
Ya era hora de irme. Manejando hacia mi casa pensé en los estúpidos amigos, que me ponen el sello de antisocial cuando niego sus invitaciones a salir en la noche, cuando beben y fuman yo no se qué sin cesar. Recordé a esos que no vale la pena orientarlos porque lo saben todo, en esos hijos que se hacen de oídos sordos a los consejos de sus padres, a esos que, en vez de estar estudiando o aprovechando su tiempo en algo que valga la pena, lo malgastan quitándole años a sus vidas.
Pero no siempre son los hijos, a veces son los padres los culpables, padres irresponsables que olvidaron la importancia de darles atención a sus criaturas cuando más lo necesitaban. Pensé en mis padres, en los enojos que pasé cuando me negaron salidas. Una vez más, me di cuenta de que estaban realizando su labor, su deber, protegerme ante un mundo que pierde sus valores y su moral a la velocidad de una montaña rusa.

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Nayda. Arecibo, Puerto Rico. 21 años. BA de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Comunicaciones con concentración en Información y Periodismo. Segunda concentración en Finanzas, Moneda y Banca.

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