No sabía dónde era el lugar y no había referencia alguna. Tras los edificios más abandonados del pueblo de Arecibo, que gritaban abandono, y en una calle en la que transitaba la desolación, lo encontré.
Era una casa color naranja. Sobre la puerta, unas letras: Toque de ángel. ¿Será un ángel el que guía a los deambulantes hasta aquel lugar? ¿Será la desesperación o la miseria? ¿Será el hambre? ¿Será una ayuda para seguir mendigando por las calles, la comida y el aseo diario?
Las escaleras de la entrada estaban decoradas con guirnaldas de navidad, de colores rojo y azul. Navidad, pero ausencia de espíritu navideño. Servirían para recordarle de su pasado, de experiencias vividas en ésta época. Época de paz, de familiares, de fiestas, de gozo. Pero para ellos, época vacía, de tristeza, de recapacitar, o simplemente, un mes más.
Una jóven me recibió amablemente y, al identificarme, me dirigió hacia la oficina del Director. Pensé que sería una voluntaria que trabajaba en el centro. En la marcha, pasé el comedor, una sala, la cocina y un cuarto en el que había ropa tirada en el piso. Conté catorce personas, entre ellos solo una mujer, mi guía.
El silencio predominaba la escena, solo se escuchaba el sonido del televisor. Nadie hablaba, nadie se miraba. Se respiraba la ausencia de cariño, de calor humano, de amor.
El director me explicó que quien me recibió es paciente de Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) y se encuentra en la etapa final del virus. Pero a pesar de las adversidades, su historia es alentadora. Iris conoció a quien es hoy su esposo en el barrio de en que vivía. Contó que coincidieron cuando llegó en enero a Toque de ángel, se hicieron novios y la administración del hogar organizó su boda en abril de este año en la Casa Alcaldía de Arecibo. Su esposo también tiene el virus y, al igual que ella, era adicto a la droga y al alcohol.
Las fotografías la mostraban vistiendo un traje blanco de novia. El director del centro fungió como padrino de bodas y solo dos de sus hermanas asistieron. Entonces pensé en mi hermano querido, mi mano derecha, compinche de aventuras. Han sido tantas las risas, los bochornos, los secretos, los relajos junto a él. Me mataría de la vergüenza que me viera en el estado de estas personas.
Llevo planificando mi boda desde pequeña. A cada fiesta que voy me fijo en cada detalle y pienso: Esto lo quiero cuando me case. Es el sueño de toda niña, todo padre, toda madre. Es una ocasión en la que los invitados son los que te vieron crecer, los que te acompañaron en cada momento, con los que hablas a diario y saben toda tu vida. Los padres lloran y los amigos brindan. ¿Realmente Iris sentía alegría con la ausencia de estos fulanos? Tal vez. Quizás fue el oasis de felicidad en el desierto de enfermedad en el que vive.
Me detuve a observar. Una pared estaba forrada de las fotografías de los internos en fiestas de Navidad, funerales, marchas, siembras de árboles, entre otras cosas. Seguramente sus vidas no son tan aburridas como parecen.
Era hora de la comida. Cuando hicieron la llamada, todos se levantaron rápidamente y se dirigían hacia la cocina. Otros llegaban a comer, sabían exactamente que era la hora de la comida. Rutina. La cocinera, repartía desde la oscura cocina los platos. Se sentaban en el comedor, la sala, el patio, donde hubiera un lugar. Aún nadie hablaba. Aquel chupaba el hueso del pollo. Aquella comía pero su esbelta figura era insaciable con alimentos, había algo más que la consumía por dentro, era como si tuviera un estómago sin fondo.
Ya era hora de irme. Manejando hacia mi casa pensé en los estúpidos amigos, que me ponen el sello de antisocial cuando niego sus invitaciones a salir en la noche, cuando beben y fuman yo no se qué sin cesar. Recordé a esos que no vale la pena orientarlos porque lo saben todo, en esos hijos que se hacen de oídos sordos a los consejos de sus padres, a esos que, en vez de estar estudiando o aprovechando su tiempo en algo que valga la pena, lo malgastan quitándole años a sus vidas.
Pero no siempre son los hijos, a veces son los padres los culpables, padres irresponsables que olvidaron la importancia de darles atención a sus criaturas cuando más lo necesitaban. Pensé en mis padres, en los enojos que pasé cuando me negaron salidas. Una vez más, me di cuenta de que estaban realizando su labor, su deber, protegerme ante un mundo que pierde sus valores y su moral a la velocidad de una montaña rusa.