Las Navidades habían acabado oficialmente, era el noveno día después de la celebración de los Reyes Magos. En Arecibo, la mayoría de las casas amanecieron con sus prendas navideñas puestas como si quisieran seguir festejando. Así que yo también me adorné y me vestí de rojo. Me quedaba una actividad pendiente. Después de todo, todavía no empezaban las clases y para mi las vacaciones significan Navidad.
Esperé en mi hogar por Carlos, Melissa y Alejandra, con quienes compartiría mi aventura. Ellos vendrían de San Juan y me recogerían ya que mi casa queda en el camino de nuestro destino, Aguadilla. Carlos, un tipo perfeccionista y poco nervioso, era el chofer y Alejandra, la co-pilota. ¡Al fin llegaron! Entre el “tripeo” y la habladuría habían confundido las direcciones y tomado la ruta contraria. Pero una llamada lo resolvió todo. ¡Gracias a Dios por la tecnología!
Comenzó la travesía. El pobre Carlos era el “punto”. Lo culpaban de haber llegado tarde a recogernos, de guiar mal y de no seguir direcciones. Cuando nos cansamos de su protagonismo, ya íbamos por Hatillo. Melissa recordó su “jevo” de Hatillo, un amiguito que tenía en sus años de escuela superior, y nos contó su historia.
En ocasiones mi mente vagabundeaba entre las vistas costeras, la escenografía campestre, los comercios aislados y la escasez de carros. Era la ruta que tomaba desapercibidamente desde mis cinco años para viajar al Colegio. Ahora, miraba con detenimiento los detalles a mi alrededor. Es tan tranquilo, antónimo de Río Piedras. Es tan antiguo, diferente a Hato Rey. Agradable, placentero… Cuando desperté de mi hipnosis Melissa hablaba sobre su celular nuevo y Carlos no quitaba la vista de la calle.
Me convertí en guía turística algunas veces y cada cierto tiempo me preguntaban en cuál pueblo estábamos. Nos acercábamos al fin de la trayectoria. Entonces sentía una mezcla de emoción, nervios, miedo, ansias, de todo un poco. Comencé a imaginarme desplazándome en mi imaginario de una pista de hielo. Nunca había visitado una. Las veía en la televisión cuando de pequeña me divertía observando las competencias de patinaje profesional y seguía las noticias de la campeona olímpica Michelle Kwan. Recuerdo que compré un libro autobiográfico de ella y, mientras lo leía, me visualizaba realizando sus mismos trucos con facilidad. Si se pueden hacer vueltas, bailes y maromas sobre hielo, tan sólo patinar no debe ser tan difícil. Trataba de convencerme que sería como deslizarme en medias sobre el suelo mojado. Decidí exteriorizar mi cobardía. “¡No me dejen sola nunca que me caigo!” Alejandra lo había hecho sólo una vez, así que tendría compañía.
Cuando llegamos a Aguadilla, ninguno de los tres sabía donde era la Pista de Patinaje. Ellos habían ido, pero no como chóferes o prestando atención al camino. Solo recordaban que era frente al mar. Carlos no trajo el mapa; nuevamente pasó a ser centro de crítica. Entramos por una calle que al parecer nos llevaría a la costa, preguntamos a dos personas y arribamos por instinto a una carretera paralela al mar. Pero, ¿cuál era la dirección correcta? Votamos por tomar hacia la derecha, pero nada les parecía familiar. Preguntamos nuevamente. El reto fue realizar un viraje en “u” en un espacio en el que apenas cabían dos carros. Atravesamos el carril contrario y subimos violentamente a un estacionamiento donde pudimos encaminarnos sobre la ruta adecuada.
Era un edificio parecido a un coliseo. Hacía mucho frío. Los únicos clientes éramos nosotros. ¡Perfecto! La humillación no sería tanta. Llegamos un poco temprano, la próxima tanda empezaría en media hora. Melissa tenía hambre pero no podíamos salir a comer porque nadie sabría cómo regresar y llegaríamos tarde. Aprovechamos para caminar por el área. No era un paisaje al que estaban acostumbrados; dos de mis compañeros son sanjuaneros y una es gurabeña. El agua estaba inmóvil, el cielo impetuoso, el sol despierto, la brisa vacilante. Miraba el reloj deseosa por experimentar. No soy una persona que a menudo intenta cosas nuevas pero estoy conciente de que tengo u n gran espíritu aventurero. Hoy lo pondría a prueba.
Era la hora. Ya había cinco personas que serían testigo de mi fracaso. Me quité los zapatos y sentí el frío del piso que aún no era hielo. Sentada, tardé casi 10 minutos en amarrarme los patines que me quedaron un poco grande. Pasé el mismo trabajo para quitármelos y los cambié por unos más pequeños. Un empleado, muy guapo, se percató de que mis patines estaban rotos por debajo luego de que me los apretó. ¡Otra vez a cambiarlos! El tercer par funcionó. Ya Melissa llevaba dos vueltas a la pista.
¡Llegó el momento! Puse el primer pie. Era mucho más resbaloso de los que creía. Me agarré de la valla en cristal que sirve como pared y no me solté por más de un minuto en la hora entera. Comencé a mover los pies y simultáneamente las manos, todavía sujetadas al muro que me servía como bastón. Y así estuve la hora entera, como si estuviera coja, aguantándome de la pared. De momento me armaba de valentía y trataba de soltarme pero cuando intentaba proseguir me movía para atrás. ¿Por qué no podía patinar hacia delante? Daba un paso y era como si lo hiciera en retroceso. El mismo empleado trató de enseñarme cómo avanzar pero se frustró en el proceso. Carlos, Melissa y Alejandra me visitaban de vez en cuando para verificar que estuviera bien. Alejandra se cayó en dos ocasiones y provocó que lloráramos de la risa por minutos. Estuve a punto de caer también, pero llegué a mi muleta rápidamente. Miraba a los demás y se veían tan divertidos. ¿Cómo lo hacían tan fácil?
Aunque nunca aprendí la pasé de maravilla. Algún día volveré a intentarlo, aunque esté una hora caminando pero anclada.
.jpg)

guest Gucci Bag and entertainment shows, Gucci Purses.