Es impresionante como, dentro de la cultura puertorriqueña, se desplazan diferentes subgrupos. Pero más maravilloso es verlos representados dentro de una institución educativa, compartiendo una misma meta. A pesar de su disparidad, la población heterogénea del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico (UPR) tiene un mismo fin: el aprendizaje.
En su libro An Introduction to Intercultural Communication, Fred Jant establece que la diversidad entre culturas probablemente sea menor que las diferencias dentro de una misma. El origen, los familiares y el entorno de un estudiante influyen en la formación de su personalidad y en su elección de conjunto de amistades. Los “corillos” se pueden calificar por sus apariencias, vestimentas, comidas predilectas, jerga, filosofía, actitudes, pasatiempos y clase social. Sus miembros se identifican con ciertos valores, normas y reglas de comportamiento.

Una de las colectividades más curiosas es la gótica o rockera, caracterizada por la utilización de ropa negra. De sus pantalones cuelgan cadenas que llaman la atención por el tintineo que producen mientras caminan. Sus cabellos lucen una variedad de peinados: largos o cortos, en mohack o teñidos de colores peculiares. En su mayoría, utilizan prendas con diseños puntiagudos. Las jóvenes pertenecientes a este grupo visten mini faldas, medias largas en malla y camisetas que muestran mensajes rebeldes. El delineador negro es vital en sus maquillajes. En sus i-pods la música suena a todo volumen. Esta “comunidad” practica relaciones sociales diversas ya que algunos gustan de pasear solos y otros andan en grupos.
Les contrarrestan los rasta, distinguidos por sus cabellos largos acomodados en rollitos, mochilas gastadas en sus espaldas y zapatos estilo tenis. Visten camisetas con ilustraciones de Bob Marley o el Ché Guevara, aunque algunas féminas prefieren llevar trajes sencillos y de telas finas. Su transporte principal es la patineta.
En el Centro de Estudiantes, parece habitar otro gremio, los atletas. Todos los días se sientan en el mismo lugar. El área aparenta estar reservado, pues en él solo se acomodan voleybolistas, baloncelistas, nadadores y atletas de pista y campo. Unos se saludan con abrazos, otros respetuosamente. Todos se conocen, o al menos se han visto, porque estudian, comen, duermen, ven películas, socializan y usan sus computadoras en el “territorio marcado”. Los atuendos son deportivos: pantalones cortos y camisetas.
Con pelos intactos y gafas que cubren la mitad de sus caras, las modelitos hacen balance en zapatos de cuatro pulgadas de altura con sus carteras gigantes para no caerse en las aceras aboquetadas de la Universidad. Amanecen maquilladas y sus perfumes se detectan a unos cinco pies de distancia. A ellas se les unen los muchachos que siguen la moda metrosexual, aquellos que usan uniformes de balompié o camisetas pegadas y lucen cabellos bañados en gel o rabitos.
Por el contrario, el estilo intelectual es un poco desarreglado, quizás para llevar un mensaje de que seleccionan revistas educativas sobre las de moda. Talvez la realidad es que no tienen tiempo para emperifollarse. En sus mochilas cargan con laptops y un paquete de libros pesados. Las palabras que más suenan en sus discusiones son “clase”, “profesor”, “examen” y “estudiar”. Comentan las noticias mundiales, programas televisivos del Discovery Channel e inventos científicos y tecnológicos.
Dos círculos nuevos se forman mediante el contraste de las personas que crecieron en un ambiente rural con aquellos que llevan una vida urbana. El campo es más tranquilo que Río Piedras, hay menos carros en la calle, menos ajetreo, menos cemento. Los citadinos están acostumbrados al bullicio, al “pariceo” y a una vida más rápida. Los estudiantes que viven los días de semana en Santa Rita y los fines de semana en su pueblo de origen, caminan hacia sus clases desde los hospedajes o apartamentos sin quejarse. Mientras disfrutan de su caminata bajo el sol, se percibe la humildad y sencillez.
Otra base de origen que determina a una subcultura es el grupo étnico. Las personas de una misma descendencia comparten una cultura común y distintiva. La UPR participa de un amplio programa de intercambio estudiantil. Extranjeros de todas partes del mundo se instalan por un semestre en la residencia Torre Norte, de donde salen estadounidenses en tenis atléticos o chancletas para sus clases. El Departamento de Lenguas Extranjeras de la Facultad de Humanidades recibe franceses a menudo. Los españoles son muy comunes también. Entre ellos, no hay semejanzas. Si son de un mismo país, solo los une el idioma de su nacionalidad ya que cada uno representa una partícula de un subgrupo de su patria. No obstante, resaltan por la oposición de su cultura ante la puertorriqueña.
Las preferencias alimenticias ayudan a divisar “pequeñas sociedades”. En el Centro de Estudiantes nos topamos con los amantes de la comida rápida que se dividen entre las largas filas de Church, Burguer King, Pollo Tropical y Sbarro. Los Merenderos de Sociales albergan a personas que gustan de matar el hambre en chinchorros o guaguitas callejeras, ya que ofrecen sándwiches, papas azadas y hamburguesas. Éste semestre se inauguró un Merendero criollo para estudiantes y empleados atraídos por la comida hecha en casa. Éstos también frecuentan las fondas en los alrededores de la Universidad, en donde saborean arroz con habichuelas, chuleta, pollo, bistec y amarillos. Los vegetarianos compran macarrones y lasañas hechas con soya en las carretillas divididas entre los departamentos de Educación y Humanidades.
Un subgrupo puede contener varias divisiones. Por ejemplo, la comunidad de empleados de la Universidad contiene administradores, conserjes, profesores, ingenieros y guardias de seguridad. Asimismo, los universitarios pertenecientes a una misma facultad perciben co-culturas que convergen dentro de un mismo edificio. Entre los estudiantes de Ciencias Sociales se encuentran los estadistas, estado-libristas, independentistas, socialistas, comunistas, entre otros.
Jant aclara que no se debe asumir que un individuo es igual a los demás practicantes de su cultura. Pero el colocar en grupos a las personas es un ejercicio que evidencia la presencia de un multiculturalismo en la Universidad. Estas colectividades no fomentan la segregación de la Institución. Se integran e interactúan unas con otras para crear un todo sin abandonar su sabor individual.
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