Por las calles de Río Piedras

Abundan el cemento viejo y los edificios de más de dos plantas. Los únicos árboles a la vista son los que se encuentran dentro del Recinto Universitario y de sus residencias. Decenas de cruzacalles anunciando actividades para la juventud, cervezas y especiales de comida cuelgan de cualquier lugar disponible. Es Río Piedras, una “ciudad” dentro de San Juan.
Al caminar por ella se presencia una mezcla del pasado, el presente y el futuro. La fachada antigua y la pintura desvanecida de sus edificaciones representan el primer tiempo pero las recientes construcciones, que son pocas, dan un aire innovador a la añejada metrópoli. El colorido de los graffitis cubre muchas de las paredes exteriores, dándole una chispa y una frescura liberal al aire conservador que transmite la ancianidad de las viviendas. Asimismo, la población juvenil contrasta con las estructuras primitivas en las que habitan y con algunos vecinos de edad avanzada. Más aún, los artefactos electrónicos que los futuros profesionales llevan en sus oídos mientras caminan hacia la Universidad y su vestimenta a la moda hacen que nos demos cuenta que estamos en la era contemporánea.
Ellos, que van a pié para sus salones desde o hacia sus hospedajes o apartamentos, hacen de Río Piedras una ciudad peatonal. Durante el periodo de comienzo de clases, en agosto o en enero, los callejones del pueblo, donde comienza una librería cuando termina la otra, son concurridos por los universitarios en busca de los libros asignados que nunca aparecen.
El tráfico de personas en la estación del Tren Urbano, frente a la Universidad, es cuantioso a tempranas horas de la mañana. Los estudiantes salen abrigados y se dirigen a su destino a un paso apresurado. En las paradas de guagua pública se sientan personas principalmente adultas a esperar por su transporte. Parecen estar aburridas y repasando mil cosas en su mente.
Aunque existan estas alternativas de transportación colectiva y transeúnte, los vehículos en la región no dan abasto. El flujo peatonal por las aceras es casi imposible por cuenta de los carros que descansan sobre ellas. Estos estacionamientos provisionales se forman porque encontrar un lugar legal en el área es una tarea pesada después de las seis de la tarde. Las calles, estrechas de por sí, se vuelven más angostas y el tránsito automovilístico se torna peor. Se hace más arduo el paso con los boquetes en las carreteras. El conductor percibe un agujero en la brea e intenta proteger su auto dándole un pequeño giro al guía, que lo lleva a tomar otra grieta al lado contrario, que pasaba desapercibida. Durante el transcurso de construcciones para arreglar estas averías, las rutas alternas a tomar son más largas que las originales y se complementan a los inevitables tapones formados en la Avenida Universidad en los horarios de clases.
La gran cantidad de vehículos en la zona simboliza una mina para las personas que se dedican al robo. Los hurtos son incontrolables y ocurren con una frecuencia asombrosa a pesar de las numerosas patrullas policíacas que dan rondas preventivas continuamente por los alrededores. Las denuncias de estos oficiales se concentran en impugnar los estacionamientos indebidos en vez de despuntar en la detección, detención o prevención de robos o delitos más graves.
Los oficiales de seguridad se ocupan también de vigilar los sucesos nocturnos en los sectores donde impera el “jangueo” en la ciudad universitaria. Las barras localizadas en la Avenida Universidad, el pueblo y en otras rutas principales son visitadas por un público diverso: estudiantes, adultos, deambulantes y personas mayores. La fiesta se extiende desde las seis de la tarde hasta aproximadamente las cuatro de la mañana del otro día. Los consumidores de los locales convierten la calle frente al negocio en un lugar para la bebedera y habladuría. A pesar de la demasía de anuncios respecto a violaciones y asaltos acontecidos en el sector a altas horas de la noche, viarias jóvenes y muchachos se siguen paseando por la región sin cuidado alguno.
Sobre las aceras alejadas del bullicio, donde reposan vidrios, vasos, latas y botellas, descansan los deambulantes. Por el día, con sus ropas un poco sucias y rasgadas, piden dinero a los choferes que paran sus carros ante la luz roja de los semáforos. Algunos caminan lenta y silenciosamente por las calles en las que, de noche, se acuestan a dormir. Otros vociferan monólogos porque creen que están participando en obras de teatro. En el pueblo, uno grita y el segundo canta a toda voz. A estos últimos, casi nadie les hace caso. Son parte del cotidiano y los residentes están acostumbrados a ellos.
Por otro lado, el Paseo de Diego y la Plaza del Mercado se encargan de hacer algo por la economía. Las puertorriqueñas y dominicanas, que componen una porción significativa la población de Río Piedras, acuden para comprar comida y ropa, entre otras chucherías. A veces, hacen encargos en el correo. Los adolescentes pasean en sus uniformes de escuela.
Es agradable presenciar las peculiaridades de ésta ciudad. Sus divergencias son las que hacen de ella una metrópoli especial para caminarla, observarla, pensarla y habitarla.
